Autor/es
Mónica Rey Sánchez
Los caladeros del mundo se enfrentan desde hace algún tiempo a una crisis impredecible. La población mundial de peces ha descendido a una fracción de sus niveles históricos, siendo la productividad comercial de los océanos la más baja de todos los tiempos. Se estima que entre el 73 y el 75 por ciento de los mayores caladeros del mundo están sobreexplotados o muy próximos a la sobreexplotación (FAO, 2004).
En la actualidad se está prestando una gran atención a la posible influencia que los subsidios tienen en la estimulación de la sobrepesca, y se busca determinar si las subvenciones deben o no estar más controladas o incluso ser eliminadas.
De lo que no cabe duda es de que hace cuarenta años, las subvenciones se consideraban, en general algo positivo, eran incluso un mecanismo utilizado por los gobiernos para la aplicación de sus políticas económica y social.
Cuarenta años más tarde, debido a los problemas relacionados con su eficacia y con la posibilidad de control, se consideran mayoritariamente algo negativo, ya que los efectos positivos que producen a corto plazo se pueden volver muy perniciosos a medio y largo plazo.
Mientras, los países menos desarrollados que dependen del pescado como su principal fuente de proteínas, están viendo amenazada su subsistencia por el deterioro de las pesquerías. En la actualidad ya se puede observar el daño ecológico, económico y social que el descenso de las capturas ha supuesto: pérdidas de más de 100.000 empleos en los últimos años y el incremento del precio del pescado, que en algunos mercados locales ha sido especialmente drástico y ha propiciado que sea difícil de adquirir para las poblaciones con los ingresos más bajos.